En las últimas semanas se ha tenido el conocimiento que la actividad económica de la región en el segundo trimestre disminuyó, el PIB regional publicado por el Banco Central señala que se decreció en 4,5%. Si bien la contracción se concentró más en la minería, levemente en la construcción y en la pesca, y por otra parte se complementa con el desempleo existente del 7,8%, y asociados a los aumentos de los precios por inflación, es un golpe al bienestar de la región.
Estos indicadores que parecen tan
lejanos, no obstante, se muestran que la contracción golpea fuerte en la
economía regional en el corto plazo. La
realidad que se vive en las calles de Iquique y Alto Hospicio, en los almacenes
de barrio y entre los proveedores locales, es la de un profundo apretón
financiero, esto se aprecia en el aumento del empleo informal y en los
trabajadores por cuenta propia.
¿Cómo es posible que esta tierra
con tantos recursos explotables transite por un desierto de oportunidades tan
persistente?
La respuesta no radica solo en
los vaivenes de los mercados internacionales, sino en un factor interno que se lleva
demasiado tiempo postergando: la calidad, el sentido de urgencia y la
eficiencia de la gestión, tanto pública como privada. En momentos donde el
presupuesto público se tensiona, las proyecciones de gasto público sufren
recortes y la reactivación se entrampa en laberintos burocráticos, las pequeñas
y medianas empresas quedan navegando a la deriva. No se trata de una falta
absoluta de recursos, sino de la incapacidad sistémica para transformar el
potencial en bienestar tangible.
Para las pymes tarapaqueñas, cada
mes de retraso en la ejecución de fondos regionales o en la tramitación de
proyectos industriales significa un golpe directo a su supervivencia,
especialmente después de haber sido afectadas por los temporales. Las empresas
locales no pueden esperar los lentos tiempos de la burocracia centralizada;
necesitan liquidez, encadenamientos productivos sólidos y cadenas de pago
dinámicas. Cuando los grandes proyectos olvidan la proveeduría local, el empleo
se estanca, ahogando el motor económico del norte chileno.
El sector público regional, los
gremios productivos y la academia tienen hoy sobre la mesa una prueba de fuego
ineludible. Esto exige acelerar la inversión pública de alto impacto,
simplificar los permisos que ahogan la iniciativa privada y priorizar estratégicamente
al talento de la zona.
